GARA, 27/04/01
Eva FOREST | Escritora
«Es muy sospechoso que se hable tanto de violencia y se tape la
tortura»
La práctica de la tortura en el Estado español contra militantes abertzales se ha mantenido como una constante desde que se puso fin a la dictadura franquista, aunque la cobertura política ha cambiado, según expone Eva Forest basándose en los abundantes testimonios y las escasas sentencias judiciales que confirman esa reflexión. La escritora considera que la tortura es «la peor de las violencias». Ante la movilización convocada para mañana, advierte de que «un pueblo que no denuncia este tipo de situaciones, es un pueblo políticamente muerto».
Desde los años 70, Eva Forest ha realizado un exhaustivo seguimiento de las denuncias de torturas registradas en el Estado español. La escritora considera que los estados utilizan la tortura como un arma política contra los movimientos populares. «No nos podemos callar ante esta aberración, hay que salir a la calle», subraya al analizar la situación que se vive en Euskal Herria.
¿Es una contradicción hablar de Estado de Derecho y de la práctica de la tortura?
Todo el mundo da por hecho que en una dictadura se tortura y que en una democracia no. Se dice por decreto que en democracia no se tortura, como se dice que no hay presos políticos, y para mucha gente eso se convierte casi en un principio de fe, aunque la realidad demuestre lo contrario. Esto explicaría un aspecto que me preocupa mucho, la gran indiferencia de quienes, sabiendo que suceden estos horrores, no se movilizan para protestar.
¿Quiere decir que en el Estado español no ha cambiado nada desde el franquismo?
No. No es que no hayan cambiado muchas cosas. Yo hice un trabajo sobre la transición de la tortura desde la dictadura a la "democracia" y lo que fui viendo es que cambiaban muchísimas cosas en el exterior; formalmente se creaba una estructura democrática, mientras que la tortura se seguía produciendo de la misma manera. En el Parlamento se legislaba: se aprobó el decreto-ley antiterrorista, la legislación antiterrorista, que luego se camufla en el Código Penal, el aislamiento hasta durante diez días, las cárceles de máxima seguridad... Estas leyes se aprobaban con los votos de la mayoría. Es decir, con la aparición de la democracia aparece toda una legislación que da cobertura a la posibilidad de seguir ejerciendo la tortura. No es que sea una legislación para la tortura, pero aparece una cobertura que, en cierta manera, la «legaliza».
En lo que va de año, hasta 55 ciudadanos vascos han denunciado haber sido torturados. ¿A qué obedece esta situación?
La tortura es un arma del Estado y, por tanto, la aplica tantas veces como la considere necesaria, de una manera o de otra. A veces, muy pocas veces, persiguen la confesión; en la mayoría, bajo el pretexto de perseguir lo que llaman terrorismo, utilizan la tortura para aplastar al movimiento popular. Eso explica que haya tanta gente en la cárcel en estos momentos. Con ello pretenden crear una situación de miedo, romper la resistencia del movimiento popular.
¿Cómo recibió la noticia de los indultos a torturadores que el Gobierno español concedió a finales del pasado año?
No me extraña nada, es coherente con el sistema. El aparato represor del Estado tiene sus funcionarios y entrarían en contra- dicción si luego los castigan. Generalmente las denuncias no progresan judicialmente, y a veces conviene que prosperen para decir: «La excepción confirma la regla de que en democracia no se tortura». Tienen que hacer el paripé, luego las condenas son leves y a los pocos meses salen de prisión. Por otro lado, los que torturan no son unos sádicos o locos que se desmandan, son funcionarios que saben perfectamente lo que hacen. Y lo hacen todos los cuerpos policiales.
¿Teniendo constancia, incluso por sentencias judiciales, de que hay casos de tortura, por qué no llegan a la mayoría de los medios de comunicación?
En una sociedad en la que todos los días se está hablando de violencia, de que vivimos en medio de la violencia, es muy sospechoso que se tape la tortura, que es la peor violencia, porque la ejerce el Estado. Sólo esto debería hacer reflexionar a la gente. Indudablemente, la violencia es indeseable y hay muchas clases de violencia.
Algunos de los últimos detenidos han relatado tanto malos tratos físicos como sicológicos. ¿Le recuerdan estos testimonios a los que recogió durante el franquismo o la transición?
La tortura, hoy en día, sigue tan vigente como en años atrás y como en la dictadura. Los métodos no han cambiado. Se han seguido empleando las corrientes eléctricas, la asfixia (la bolsa), las palizas, y se ha enriquecido con la sofisticación de la tortura sicológica. No es que hayan cambiado la tortura física por la sicológica, que sería lo coherente porque no les interesa dejar marcas. Ahí está, por ejemplo, el caso de Iratxe Sorzabal, que tenía morada toda la espalda.
Sin embargo, las denuncias de los detenidos no suelen tener valor para los jueces.
El gesto de Iratxe fue muy importante, política y socialmente. Tuvo el valor de levantarse y mostrar su cuerpo golpeado, poniendo en evidencia ante el juez y el fiscal que había sido torturada. Y es que los jueces y los forenses son, en gran parte, responsables de lo que pasa, porque no lo denuncian aunque tengan las evidencias, aunque tengan que ir al hospital a tomar declaración un detenido.
¿En el plano personal, se llega a superar esa experiencia?
Es muy complejo y hay gente que no se recompone nunca. Lo que más ayuda es que el torturado sienta la solidaridad de quienes le rodean desde que es detenido, que vea que no está solo. Las encarteladas en su pueblo, la solidaridad al llegar a la cárcel, los recibimientos cuando recupera la libertad.... Este es un fenómeno que se produce en Euskal Herria y contribuye a que mucha gente se haya liberado de esa pesadilla y no se convierta en una cosa horrible que se calla para toda la vida. El mismo hecho de decir públicamente: «Yo he sido torturado», le devuelve la dignidad, le va curando.
¿Y qué debe hacer la sociedad para evitar estos hechos?
Si algo debe movilizar en un momento dado a todo el mundo, es esta aberración. No hay pretexto para no manifestarse contra la tortura. Por eso, pienso que la de mañana es la movilización de la dignidad, una forma de demostrar que este pueblo está vivo y no se deja aplastar. *
F. FERNANDEZ